sábado, 6 de diciembre de 2008

Habla por primera vez en el tugurio, el cotín.

Hay algunas, muchas a decir verdad, muchas ocasiones en las que los corazones de las personas se tiñen de algún color. De un momento a otro y para siempre. Profundamente. Hasta las lágrimas. Bueno, yo fui uno de aquellos des o afortunados. Sin meditarlo, me tiñeron en par el sector cardiaco, desde tiempos apenas accesibles a mi memoria. Asi es, y de esa forma viví una vida riendo, llorando, jugando, bailando y cantando en pos de este suceso. Se armaron historias. Andube jumo. Sufrí y también fui el más agradecido de un completo continente. Tuve la grata oportunidad de soñar con un abogado a mi derecha y con un criminal a mi izquierda, con un cura por delante y un punk a mis espaldas. Así es señor, y viajé, viajé, encendí la radio, hice todo lo que pude por estar al tanto de lo que le pasaba a mis colores. Dejé de lado varias cosas también. Y pospuse otras tantas. Citas, horas al dentista, algunas clases, etc. Pero sin duda valió la pena, a pesar de que claro, en el momento ciertas cosas pudieron ser dificiles. Mas la justificación existe. Y justamente uno de esos días como hoy forman parte de tal razón. Se llama "ser dulcemente feliz". Aunque duermo poco la noche anterior, en estos días, en los que se me embarcaré para ver a mi gran amor, para sentirlo ahí, no solo dentro de mí sino que oirlo latir en el corazón de otro, y en el aire; como una explosion pura que habla sobre tu tierra, sobre lo que es tu pueblo, lo que es tu esencia y lo que son tus ancestros; en estos días insisto, es cuando vibro y siento la vida correr dentro de mi ser. Porque aunque se que un par de libros me dirán muy duramente no señor, esos no son colores, lo que manda en mi pecho sin poder ya yo evitarlo es el aguerrido rostro de un mapuche pintado de blanco y de negro.

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