Alegas injusticia de mi parte,
y me llamas bipolar.
Tus letras han descubierto que soy un imbécil.
Y tu también.
Dices que me amas, una y otra vez;
me aturdes.
Dices que me extrañas...
que soy un poco hombre, pues te temo.
La típica cagada de amenaza.
Más tarde preguntas con tono epiléptico si aún soy ése o soy ahora este otro,
y te ríes en las mismas notas,
de mí.
Luego me cuentas cómo es que tu manipulas hombres,
o algo así,
pero que a mí, y solo a mí
me has amado.
Me da un rato por seguirle con disimulo el rastro
a los buses senescentes,
a los autos vetustos,
a los camiones más destartalados,
y así aspirar un poco del funesto manto negro
que emprende danzas desde sus colas.
Después de todo te haces adicto
a esas seductoras y amargas bocanadas,
glorioso hollín en los pulmones.
(exhalación)
Más tarde preguntas
si ya me oculto nuevamente.
Te repito,
necesito gente buena.
Mas replico,
si te lo tragas todo bien.
De momento.
Y sin besos.
Entonces es cuando en verdad te evado
pero tu insistes,
en mí impureza,
en tú amor,
en tú grandeza,
y en que sí te lo vas a tragar,
y comienzas otra vez
con esa patraña de que manipulas a la gente,
en que me pierdo de lo mejor si no estoy con vos,
y me mandas al carajo,
y me amenazas otra vez,
para terminar jugando el rol de que me ignoras.
Permaneces allá, en lontananza,
odiándome,
y vuelves a buscarme
pues te
gusta que te forren en mentiras.
Te emperejilas y te vienes
sin haberte yo invitado,
maquillaje exagerado
más botellas bien baratas.
Al rato gritas y arañas
en las jambas de mi puerta,
hasta que salga yo rendido
cual guiñapo
oliendo a mierda,
y así sonríes bien babosa,
depravada y victoriosa
pues adoras como ninguna
que el abismo te rompa el culo.