domingo, 15 de marzo de 2009
El vacío.
Salí en base a algún ardid, de la casa. Adusto. Ensimismado. Perdido en la nada. Me dirigí hacia el infierno, apuntando el paso hacia la parte menospreciada de la calle Valparaíso, atravesando la plaza Viña cual estocada en el vientre. Entre códigos de calle y complicidad de ladrones, vendedores, barrenderos, insistí apuntando hacia la cordillera. Hasta doblar en un momento hacia el estero. Me refugié en algún putrefacto sauce llorón. Picor de brazos. Me pregunté mil veces sobre el botón que diera término a todo. Angustiado, ahogado en dolor, se me licuó la visión, se levantó la tormenta dentro mío. Llegó un punto en cero, de calma... Se había abierto una segunda realidad, un universo alterno donde yo estaba feliz, y carecía de aquel funesto manto negro de desesperanza. Estuve danzando nuevamente en un inmenso charco de jolgorio, en paz con todo el mundo... Amando eternamente. Pensé en el cuento del sueño del hombre estúpido... Pero volví en mí, a esta realidad del vacío en un instante. En seguida me picaron los brazos, el dolor me consumía. Un mendigo me había visto en mi trance de horror. Me tendió un brazo adornado de lila, me dijo amigo; huele ésta flor de vida. Mas yo no sentía, yo no podía. Lo miré desesperadamente, asfixiándome. Caí al suelo de rodillas. Temblando desahuciado, me tomé de él, y enterré mis dedos en sus brazos mientras todo se iba a negro.
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