Fueron más de 730 veces que la luna invadió aquella pieza. Aún recuerdo el primer día. Desde el momento cero detesté el lugar. Me abrazó un ahogo inmenso. Entonces aprendí lo importante del espacio, por primera vez en la vida le dí valor a esto. Hasta el momento en que llegué al tugurio desastrozo solo pense que el espacio cumplía el simple rol de dar cabida a la materia. Pero mis sentimientos de pantano me enseñaron lo contrario. Chocar a cada rato contra todo lo que tienes cerca incentiva a la lamentable repulsión. En todo ámbito. Andas con un ánimo de mierda. A pesar de todo, fue mí rectángulo, por dos años y algo. Hasta de un perro sarnoso que te babea día y noche en la boca te encariñas en ese tiempo.
A veces extraño la humedad atravesando las ventanas acompañada del sentir cómo una especie de hongo iba poblando poco a poco mis pulmones. O a aquella niña rubia coqueta de falda muy corta que pasaba todos los días de semana por la ventana a las 5 y media de la tarde; hasta que en una oportunidad se dio cuenta de que un flash de cámara fotográfica la invadía desde mi pieza. Siempre intuí que se había cambiado de casa, pues no la vi más a partir de esto. Colegí que ese simple apretar el botón de la cámara habia generado tal crisis dentro de su familia, que habían optado por irse para siempre del barrio, sintiendo una sensación de persecución y peligro extremas. Tuve tantas ganas de poder disculparme... Pero el mal genio que me entregaba el ínfimo espacio con el que contaba se encargaba de hacerme olvidar la culpa. Aun así adoraría encontrarla para excusarme un día. "Sabes, yo fui el desgraciado, disculpa por hacerte creer a ti y a toda tu familia que un depravado mental te perseguía día y noche, es solo que no le quite el flash al jodido aparato, ves". Suena bastante ridículo. Pero tengo años disponibles a mi cuenta (supongo) y así pensar en una mejor combinación de palabras para el momento en el que me la encuentre.
Jamás olvidaré el rugido de los autos pasando 23 horas diarias por mi ventana. El silencio llegaba entre 4 y 5 am, en esa hora todo andaba algo más tranquilo, autos pasaban, sí. Siempre está el huevón curado de semana, el infarto al miocardio, la mujer embarazada. La urgencia que sea que demande viajar. Pero a esa hora es menos probable. Esa maravillosa hora entre cuatro y cinco de la madrugada era única, ahí solo pasaban autos cada 10 minutos. Hasta que a las cinco comenzaba a reactivarse todo otra vez, y el ritmo de microbuses, camiones, ambulancias, buses, motos iba incrementandose cada vez con mayor rapidez hasta la salida del Sol. Dormir así todos los días del año significaba un incisivo dolor de cabeza constante. Parecía jamás irse. De hecho era dificil que lo hiciera. Recuerdo una vez que me fui al campo por un tiempo; el horrible dolor de cabeza había terminado de desaparecer completamente recién al cuarto día. Tampoco olvidaré cosas que marcaron menos mi estancia. Como el tipo que me amenazó a viva voz a las 4 y media de la madrugada, por unos 25 minutos seguidos. Era de esos odios infundados que vienen de gente que uno no conoce, algo muy normal y frecuente. O los balazos. O los choques y atropellos. O aquel rarísimo noviazgo de más de un año en el que mi novia fue a verme solo una vez, y con la que habremos hablado unas 9 veces en total por telefono.
Son cosas que sirven, son eventos que enseñan. Y uno que es curioso como que para las antenas a cualquier frecuencia. Ahora, cuando camino por la calle y veo que el típico sonso de mierda viene caminando hacia mí como si su espalda fuera una especie de ropero inamovible preteniendo avasallar con todo, yo simplemente le brindo un poco de espacio. No mucho tampoco... El resto tiene que ponerlo él. Ahora, si aun asi después de este gesto me pasa a llevar el muy puto, bueno... Qué le vas a hacer, solo cierro los ojos y pienso en que huevones como ese terminaran aliñando y tiñendo por completo de negro y dioxido de carbono el planeta. También cuando subo a la locomoción, y se sienta alguien a mi lado, sé que mi reino en la silla llega hasta la división de las mismas. Si luego de un rato no siento presión desde las piernas de al lado, cierro los ojos y sonrío, disfruto al estar sentado al lado de una persona comprensiva, con una noción clara del respeto que vive en el espacio... Por el contrario, si siento que esas piernas intentan machacar las mías, es como si el tugurio volviese a mi... Y me enciendo de una lamentable repulsión, defiendo mi lugar, esta vez no es un tipo pasando por la calle, es mi lugar, mi silla, mi pieza lúgubre dentro de la micro, teñida de extraño amarillo otra vez.
lunes, 9 de marzo de 2009
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1 comentario:
Despues de todo este tiempo, recien me percato que te fuiste del Tugurio jajajaja que pava!
Nat x)
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