sábado, 31 de enero de 2009

La forma.

La casa estaba llena de parias. Repleta. Eran las 6 de la mañana. Nos había costado entrar. Estaba yo junto a un par de seudo amigos. El vejete de la puerta nos mantuvo quietos, dentro de la casa pero abajo, antes de comenzar a subir la doblada escalera que daba al piso de arriba donde estaba toda la algarabía. Nosotros debíamos esperar. El viejo de mierda de la entrada solo nos había hecho pasar para que no nos vieran los polis. De pésima gana garabateaba a cada rato. Nosotros callados, esperando el milagro, pues no teníamos un peso. Teníamos esa esperanza de que arriba hubiese algún otro pseudo amigo para costearnos la entrada. Y así resultó ser. Bajó un mentecato haciéndose el amistoso y nos pagó la entrada. La cosa es que finalmente subimos. Arriba la cosa parecía fiesta privada. Privada de música. Lo único que se escuchaba era una corriente espesa en el aire de conversaciones muy raras. O me parecieron raras en el momento. Solo de hipócrita me parecieron así, supongo. No sabía bien qué hacía ahí metido. Pero ya estaba cagado, ahí en esa casa repleta de habitaciones plagadas de personas.

Fue ahí donde conocí a Laura. Venía yo saliendo del baño y veo a una tía de baja estatura, se veía algo gruesa. Yo ya estaba puesto. Ella... Ella andaba con un sweater hecho de quizás unas dos o 3 ovejas. O de unos 20 kilos de lana. La cosa es que se veía gruesa. Pero eso no era razón para hacer caso omiso del ángel que nacía de sus ojos.

Measte ahí dentro- me dice de la nada, esta tía desconocida, con un extraño carisma-.
He meado.
¿Ahi dentro?- insiste en preguntar-.
Claro tía- contesto verificandome el cierre- Ahí DENTRO.
Como te llamas?.
Le dije mi nombre.
Bien Ernesto, yo soy Laura.- contestó con un resplandor infernal en los ojos-.
Luego hablamos- me dice la tía con una cara de cachondez asesina. Pensó dos segundos con los ojos hacia un lado, me sonrió y se fue por ahí. A dar vueltas.

Enganchamos rápido. Unas miradas. Creo que el tono de mi voz fue perfecto. Quizás dije pura mierda. Pero el tono resultó ser espectacular. Un tono cojonudo, con voz de magnate del sexo. Es la necesidad de carne creo. No es premeditado. La urgente necesidad de procreación dentro de mi corazón ajusta las frecuencias precisas para que mis cuerdas vocales las ejecuten como las palabras de un verdadero magnate del sexo duro.

Pasaron algunos minutos. Nos seguíamos mirando con Laura, entre la gente. La gente eran todos los diferentes personajes semi jóvenes que poblaban cada uno de los bares de Valparaíso. Guardias, matones, solitarios adictos al alcohol mas aun jóvenes para darse cuenta, artistas falsos con su falsa gloria momentánea de la noche luego de rockear en algun escenario barato, con estos mismos putos guardias a cargo. Así que podía reconocer muchos rostros. Muchas caras conocidas sin nombre, dentro de una casa donde se les daba la libertad de seguir pensando que a las tres de la tarde del día siguiente todavía es de noche. Y aún puede uno pretender que "lo está pasando bien".

Entonces fui a "la barra" a pedir un ron. En la "barra" (que en realidad era una ventana desde un pasillo hacia la cocina de la casa) atendía una vieja de no menos de 75 años. En silla de ruedas, tapada con una manta que de mirarla daba alergias, repetía preguntas como "lo quiere fuerte mijo?", "le pongo más maldad al trago hijito?". El asunto es que antes de mi turno, se me aparece Laura.

No se te ocurra pedir ron, esta mezclado con agua - me aconseja cachondamente-.
Vale, venga ese "piña colada" entonces-respondo-.

Al instante sus ojos se deformaron. En la cara de los demás puedo interpretar lo desafortunado de mi tono. Es el estúpido tono, la forma, la manera. El cantar en el habla. El jodido actuar. Me caga. Pude ver que mi sentido del humor esta vez no funcionaba. Y asi vi a Laura, por ultima vez regalándome su vientre con miradas. Una puta piña colada. Una broma lanzada con el peor de los modos. Me cagó la noche, la carne, y la resaca del día después.

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